6 de mayo de 2009

De deseo y de tormento. "El Leteo" de Charles Baudelaire.

Enigma de Gustave Doré

Ven a mi pecho, alma sorda y cruel;
Tigre adorado, monstruo de aire indolente.
Quiero enterrar mis temblorosos dedos
en la espesura de tu abundante cabello.

Sepultar mi cabeza dolorida
en la falda impregnada de tu perfume;
Y respirar, como una ajada flor,
el hedor de mi amor extinguido.

¡Quiero dormir! ¡Dormir más que vivir!
En un sueño, como la muerte, dulce,
estamparé mis besos sin descanso
por tu cuerpo pulido como el cobre.

Para ahogar mis sollozos apagados,
sólo preciso tu profundo lecho;
El poderoso olvido habita entre tus labios
y fluye de tus besos el Leteo.

Mi destino, desde ahora mi delicia,
como un predestinado seguiré;
Condenado inocente, mártir dócil,
cuyo fervor se acrecienta en el suplicio.

Para ahogar mi rencor, apuraré
el “Nepentes” y la cicuta amada
del pezón delicioso que corona este seno,
el cual nunca contuvo un corazón.

(Traducción al castellano de “El Leteo”, poema prohibido de Las flores del mal de Charles Baudelaire).

15 de marzo de 2009

El corazón delator. Entre la locura y la cordura

El corazón delator es uno de los más célebres cuentos del escritor norteamericano Edgar Allan Poe. Fue publicado por primera vez en The Pioneer en enero de 1843, aunque más tarde el propio Poe lo reeditaría en su periódico The Broadway Journal el 23 de agosto de 1845. Se le considera todo un clásico de la Literatura Gótica.

El corazón delator te atrae irremediablemente desde la primera línea. El relato empieza en la mitad de la trama, con la confesión de un crimen en una conversación en la que participan varias personas, y que te sumerge repentinamente en la propia psiqué del asesino. El cuento, escrito en primera persona, nos presenta a un narrador anónimo obsesionado con el ojo velado del anciano que convive con él. Un ojo cubierto por una película pálida y azulada a modo de “ojo de buitre” –como así lo denomina el narrador- que le desespera y le lleva a cometer el crimen. Después de asesinarlo, el cadáver del anciano es despedazado y escondido bajo las tablas del suelo de la casa que ambos compartían. La policía, alertada por los vecinos que habían escuchado ruidos, acude a la misma y el asesino acaba delatándose durante su inspección. Mientras los policías están presentes le parece escuchar un ruido que va creciendo. Una especie de latido que cada vez se hace más perceptible y que le delata. Imagina alucinadamente que el corazón del anciano se ha puesto a latir bajo la tarima, acusándole ante los agentes, lo que provoca la confesión del crimen y del lugar donde el anciano yace desmembrado.


Ilustración de Harry CLARKE en El corazón delator

El hilo conductor del relato es el pertinaz intento de demostrar, por parte del narrador, su propia cordura, y no tanto su inocencia. Su negación de la locura se basa, fundamentalmente, en lo sistemático de su conducta homicida, en su precisión y en la explicación racional de una acción irracional. Como muchos otros personajes en la Literatura Gótica, la pasión y el desenfreno dictan la naturaleza de sus actos. Y es que, pese a todos sus esfuerzos, el haber oído el corazón del anciano latir bajo la tarima, constituía a todas luces la evidencia de su desvarío y locura.

La relación existente entre el anciano y el narrador es confusa. No se sabe quiénes son, dónde viven, etc. Esta indefinición premeditada resulta todo un contrapunto al cuidadoso detalle del devenir de los acontecimientos. Se ha llegado a plantear que el narrador puede ser su hijo, y en cuyo caso, el "ojo de buitre" podría simbolizar la vigilancia paterna y la conciencia del bien y del mal que los progenitores tratan de inculcar a sus hijos.

El escritor Julio Cortázar, traductor y estudioso de Edgar Allan Poe en España, ve en el relato el tema de Caín. Una temática que, en la obra de Poe, se expresa en tres niveles: en El demonio de la perversidad, en su forma más pura; en William Wilson, donde además se recurre a la alucinación visual; y en El corazón delator, a través del delirio auditivo. Para Julio Cortázar, este relato expresa muy bien las obsesiones sádicas de su autor, utilizando un lenguaje conciso, breve y nervioso, que otorga a la narración un innegable carácter de confesión.

Aquí os dejamos El corazón delator de Edgar Allan Poe traducido al castellano por Julio Cortázar. ¡Qué lo disfrutéis!
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El corazón delator
EDGAR ALLAN POE

¡Es cierto! Siempre he sido nervioso, muy nervioso, terriblemente nervioso. ¿Pero por qué afirman ustedes que estoy loco? La enfermedad había agudizado mis sentidos, en vez de destruirlos o embotarlos. Y mi oído era el más agudo de todos. Oía todo lo que puede oírse en la tierra y en el cielo. Muchas cosas oí en el infierno. ¿Cómo puedo estar loco, entonces? Escuchen... y observen con cuánta cordura, con cuánta tranquilidad les cuento mi historia.

Me es imposible decir cómo aquella idea me entró en la cabeza por primera vez; pero, una vez concebida, me acosó noche y día. Yo no perseguía ningún propósito. Ni tampoco estaba colérico. Quería mucho al viejo. Jamás me había hecho nada malo. Jamás me insultó. Su dinero no me interesaba. Me parece que fue su ojo. ¡Sí, eso fue! Tenía un ojo semejante al de un buitre... Un ojo celeste, y velado por una tela. Cada vez que lo clavaba en mí se me helaba la sangre. Y así, poco a poco, muy gradualmente, me fui decidiendo a matar al viejo y librarme de aquel ojo para siempre.

Presten atención ahora. Ustedes me toman por loco. Pero los locos no saben nada. En cambio... ¡Si hubieran podido verme! ¡Si hubieran podido ver con qué habilidad procedí! ¡Con qué cuidado... con qué previsión... con qué disimulo me puse a la obra! Jamás fui más amable con el viejo que la semana antes de matarlo. Todas las noches, hacia las doce, hacía yo girar el picaporte de su puerta y la abría... ¡oh, tan suavemente! Y entonces, cuando la abertura era lo bastante grande para pasar la cabeza, levantaba una linterna sorda, cerrada, completamente cerrada, de manera que no se viera ninguna luz, y tras ella pasaba la cabeza. ¡Oh, ustedes se hubieran reído al ver cuán astutamente pasaba la cabeza! La movía lentamente... muy, muy lentamente, a fin de no perturbar el sueño del viejo. Me llevaba una hora entera introducir completamente la cabeza por la abertura de la puerta, hasta verlo tendido en su cama. ¿Eh? ¿Es que un loco hubiera sido tan prudente como yo? Y entonces, cuando tenía la cabeza completamente dentro del cuarto, abría la linterna cautelosamente... ¡oh, tan cautelosamente! Sí, cautelosamente iba abriendo la linterna (pues crujían las bisagras), la iba abriendo lo suficiente para que un solo rayo de luz cayera sobre el ojo de buitre. Y esto lo hice durante siete largas noches... cada noche, a las doce... pero siempre encontré el ojo cerrado, y por eso me era imposible cumplir mi obra, porque no era el viejo quien me irritaba, sino el mal de ojo. Y por la mañana, apenas iniciado el día, entraba sin miedo en su habitación y le hablaba resueltamente, llamándolo por su nombre con voz cordial y preguntándole cómo había pasado la noche. Ya ven ustedes que tendría que haber sido un viejo muy astuto para sospechar que todas las noches, justamente a las doce, iba yo a mirarlo mientras dormía.

Al llegar la octava noche, procedí con mayor cautela que de costumbre al abrir la puerta. El minutero de un reloj se mueve con más rapidez de lo que se movía mi mano. Jamás, antes de aquella noche, había sentido el alcance de mis facultades, de mi sagacidad. Apenas lograba contener mi impresión de triunfo. ¡Pensar que estaba ahí, abriendo poco a poco la puerta, y que él ni siquiera soñaba con mis secretas intenciones o pensamientos! Me reí entre dientes ante esta idea, y quizá me oyó, porque lo sentí moverse repentinamente en la cama, como si se sobresaltara. Ustedes pensarán que me eché hacia atrás... pero no. Su cuarto estaba tan negro como la pez, ya que el viejo cerraba completamente las persianas por miedo a los ladrones; yo sabía que le era imposible distinguir la abertura de la puerta, y seguí empujando suavemente, suavemente.

Había ya pasado la cabeza y me disponía a abrir la linterna, cuando mi pulgar resbaló en el cierre metálico y el viejo se enderezó en el lecho, gritando:

-¿Quién está ahí?

Permanecí inmóvil, sin decir palabra. Durante una hora entera no moví un solo músculo, y en todo ese tiempo no oí que volviera a tenderse en la cama. Seguía sentado, escuchando... tal como yo lo había hecho, noche tras noche, mientras escuchaba en la pared los taladros cuyo sonido anuncia la muerte.

Oí de pronto un leve quejido, y supe que era el quejido que nace del terror. No expresaba dolor o pena... ¡oh, no! Era el ahogado sonido que brota del fondo del alma cuando el espanto la sobrecoge. Bien conocía yo ese sonido. Muchas noches, justamente a las doce, cuando el mundo entero dormía, surgió de mi pecho, ahondando con su espantoso eco los terrores que me enloquecían. Repito que lo conocía bien. Comprendí lo que estaba sintiendo el viejo y le tuve lástima, aunque me reía en el fondo de mi corazón.
Comprendí que había estado despierto desde el primer leve ruido, cuando se movió en la cama. Había tratado de decirse que aquel ruido no era nada, pero sin conseguirlo. Pensaba: "No es más que el viento en la chimenea... o un grillo que chirrió una sola vez". Sí, había tratado de darse ánimo con esas suposiciones, pero todo era en vano. Todo era en vano, porque la Muerte se había aproximado a él, deslizándose furtiva, y envolvía a su víctima. Y la fúnebre influencia de aquella sombra imperceptible era la que lo movía a sentir -aunque no podía verla ni oírla-, a sentir la presencia de mi cabeza dentro de la habitación.

Después de haber esperado largo tiempo, con toda paciencia, sin oír que volviera a acostarse, resolví abrir una pequeña, una pequeñísima ranura en la linterna.

Así lo hice -no pueden imaginarse ustedes con qué cuidado, con qué inmenso cuidado-, hasta que un fino rayo de luz, semejante al hilo de la araña, brotó de la ranura y cayó de lleno sobre el ojo de buitre.

Estaba abierto, abierto de par en par... y yo empecé a enfurecerme mientras lo miraba. Lo vi con toda claridad, de un azul apagado y con aquella horrible tela que me helaba hasta el tuétano. Pero no podía ver nada de la cara o del cuerpo del viejo, pues, como movido por un instinto, había orientado el haz de luz exactamente hacia el punto maldito.

¿No les he dicho ya que lo que toman erradamente por locura es sólo una excesiva agudeza de los sentidos? En aquel momento llegó a mis oídos un resonar apagado y presuroso, como el que podría hacer un reloj envuelto en algodón. Aquel sonido también me era familiar. Era el latir del corazón del viejo. Aumentó aún más mi furia, tal como el redoblar de un tambor estimula el coraje de un soldado.

Pero, incluso entonces, me contuve y seguí callado. Apenas si respiraba. Sostenía la linterna de modo que no se moviera, tratando de mantener con toda la firmeza posible el haz de luz sobre el ojo. Entretanto, el infernal latir del corazón iba en aumento. Se hacía cada vez más rápido, cada vez más fuerte, momento a momento. El espanto del viejo tenía que ser terrible. ¡Cada vez más fuerte, más fuerte! ¿Me siguen ustedes con atención? Les he dicho que soy nervioso. Sí, lo soy. Y ahora, a medianoche, en el terrible silencio de aquella antigua casa, un resonar tan extraño como aquél me llenó de un horror incontrolable. Sin embargo, me contuve todavía algunos minutos y permanecí inmóvil. ¡Pero el latido crecía cada vez más fuerte, más fuerte! Me pareció que aquel corazón iba a estallar. Y una nueva ansiedad se apoderó de mí... ¡Algún vecino podía escuchar aquel sonido! ¡La hora del viejo había sonado! Lanzando un alarido, abrí del todo la linterna y me precipité en la habitación. El viejo clamó una vez... nada más que una vez. Me bastó un segundo para arrojarlo al suelo y echarle encima el pesado colchón. Sonreí alegremente al ver lo fácil que me había resultado todo. Pero, durante varios minutos, el corazón siguió latiendo con un sonido ahogado. Claro que no me preocupaba, pues nadie podría escucharlo a través de las paredes. Cesó, por fin, de latir. El viejo había muerto. Levanté el colchón y examiné el cadáver. Sí, estaba muerto, completamente muerto. Apoyé la mano sobre el corazón y la mantuve así largo tiempo. No se sentía el menor latido. El viejo estaba bien muerto. Su ojo no volvería a molestarme.

Si ustedes continúan tomándome por loco dejarán de hacerlo cuando les describa las astutas precauciones que adopté para esconder el cadáver. La noche avanzaba, mientras yo cumplía mi trabajo con rapidez, pero en silencio. Ante todo descuarticé el cadáver. Le corté la cabeza, brazos y piernas.

Levanté luego tres planchas del piso de la habitación y escondí los restos en el hueco. Volví a colocar los tablones con tanta habilidad que ningún ojo humano -ni siquiera el suyo- hubiera podido advertir la menor diferencia. No había nada que lavar... ninguna mancha... ningún rastro de sangre. Yo era demasiado precavido para eso. Una cuba había recogido todo... ¡ja, ja!

Cuando hube terminado mi tarea eran las cuatro de la madrugada, pero seguía tan oscuro como a medianoche. En momentos en que se oían las campanadas de la hora, golpearon a la puerta de la calle. Acudí a abrir con toda tranquilidad, pues ¿qué podía temer ahora?

Hallé a tres caballeros, que se presentaron muy civilmente como oficiales de policía. Durante la noche, un vecino había escuchado un alarido, por lo cual se sospechaba la posibilidad de algún atentado. Al recibir este informe en el puesto de policía, habían comisionado a los tres agentes para que registraran el lugar.

Sonreí, pues... ¿qué tenía que temer? Di la bienvenida a los oficiales y les expliqué que yo había lanzado aquel grito durante una pesadilla. Les hice saber que el viejo se había ausentado a la campaña. Llevé a los visitantes a recorrer la casa y los invité a que revisaran, a que revisaran bien. Finalmente, acabé conduciéndolos a la habitación del muerto. Les mostré sus caudales intactos y cómo cada cosa se hallaba en su lugar. En el entusiasmo de mis confidencias traje sillas a la habitación y pedí a los tres caballeros que descansaran allí de su fatiga, mientras yo mismo, con la audacia de mi perfecto triunfo, colocaba mi silla en el exacto punto bajo el cual reposaba el cadáver de mi víctima.

Los oficiales se sentían satisfechos. Mis modales los habían convencido. Por mi parte, me hallaba perfectamente cómodo. Sentáronse y hablaron de cosas comunes, mientras yo les contestaba con animación. Mas, al cabo de un rato, empecé a notar que me ponía pálido y deseé que se marcharan. Me dolía la cabeza y creía percibir un zumbido en los oídos; pero los policías continuaban sentados y charlando. El zumbido se hizo más intenso; seguía resonando y era cada vez más intenso. Hablé en voz muy alta para librarme de esa sensación, pero continuaba lo mismo y se iba haciendo cada vez más clara... hasta que, al fin, me di cuenta de que aquel sonido no se producía dentro de mis oídos.

Sin duda, debí de ponerme muy pálido, pero seguí hablando con creciente soltura y levantando mucho la voz. Empero, el sonido aumentaba... ¿y que podía hacer yo? Era un resonar apagado y presuroso..., un sonido como el que podría hacer un reloj envuelto en algodón. Yo jadeaba, tratando de recobrar el aliento, y, sin embargo, los policías no habían oído nada. Hablé con mayor rapidez, con vehemencia, pero el sonido crecía continuamente. Me puse en pie y discutí sobre insignificancias en voz muy alta y con violentas gesticulaciones; pero el sonido crecía continuamente. ¿Por qué no se iban? Anduve de un lado a otro, a grandes pasos, como si las observaciones de aquellos hombres me enfurecieran; pero el sonido crecía continuamente. ¡Oh, Dios! ¿Qué podía hacer yo? Lancé espumarajos de rabia... maldije... juré... Balanceando la silla sobre la cual me había sentado, raspé con ella las tablas del piso, pero el sonido sobrepujaba todos los otros y crecía sin cesar. ¡Más alto... más alto... más alto! Y entretanto los hombres seguían charlando plácidamente y sonriendo. ¿Era posible que no oyeran? ¡Santo Dios! ¡No, no! ¡Claro que oían y que sospechaban! ¡Sabían... y se estaban burlando de mi horror! ¡Sí, así lo pensé y así lo pienso hoy! ¡Pero cualquier cosa era preferible a aquella agonía! ¡Cualquier cosa sería más tolerable que aquel escarnio! ¡No podía soportar más tiempo sus sonrisas hipócritas! ¡Sentí que tenía que gritar o morir, y entonces... otra vez... escuchen... más fuerte... más fuerte... más fuerte... más fuerte!
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-¡Basta ya de fingir, malvados! -aullé-. ¡Confieso que lo maté! ¡Levanten esos tablones! ¡Ahí... ahí! ¡Donde está latiendo su horrible corazón! (Traducción de Julio Cortázar).

3 de marzo de 2009

Mujeres en el Arte. Ayer y Hoy

Con ocasión del Día Internacional de la Mujer, la Dirección General de Bellas Artes y Bienes Culturales del Ministerio de Cultura organiza dos mesas redondas tituladas Las mujeres en el presente del Arte y Las mujeres en la Historia del Arte. Ambas se celebrarán los días 4 y 5 de marzo de 2009 en el Auditorio del Ministerio de Cultura (Calle San Marcos, 40) a las 19:30 horas. La entrada será libre hasta completar el aforo.


Cartel de Mujeres en el Arte. Ayer y Hoy

La Dirección General de Bellas Artes y Bienes Culturales del Ministerio de Cultura organiza los días 4 y 5 de marzo dos mesas redondas tituladas Las mujeres en el presente del Arte y Las mujeres en la Historia del Arte en el Auditorio del Ministerio de Cutura. En estas mesas redondas, numerosos profesionales del Arte, de la investigación, de la crítica y del comisariado debatirán el papel de la mujer en el Arte, y el papel que desempeñan y han desempeñado artistas, historiadoras, críticas y comisarias en el pasado y en el presente, sin perder de vista en nigún momento la perspectiva de futuro.

Programa:

Miércoles, 4 de marzo

19:30 h.: Mesa redonda Mujeres en el presente del Arte. Moderadora: Rocío de la Villa. Participantes: Margarita Aizpuru, Helena Cabello, Ana Carceller y Ana Martínez Collado.

Jueves, 5 de marzo

19:30 h.: Mesa redonda Mujeres en la Historia del Arte. Moderadora: Patricia Mayayo. Participantes: Juan Vicente Aliaga, María Ruido e Isabel Tejeda.

Para más información:

www.mcu.es/promoArte/index.html

6 de enero de 2009

Torgny Lindgren. ¿Dónde quedó el candor de la nieve?

Torgny Lindgren es uno de los grandes narradores europeos y de los más conocidos escritores suecos de la actualidad. Máximo exponente de la Literatura Nórdica, o Escandinava –como también se denomina-, con la que comparte sus mágicas señas de identidad. Su obra literaria nos habla del lado oscuro del ser humano –del uso y abuso de poder y la consecuente explotación del más débil- a través de sus tres axiomas narrativos favoritos, el amor, la soledad y la muerte. En 1991 fue elegido miembro de la Academia Sueca, ocupando en dicha institución el sillón número nueve.

El escritor sueco Torgny Lindgren ostenta por derecho propio un lugar destacado en la Literatura Contemporánea Europea. Un narrador excepcional que, desde el punto de vista formal, utiliza un lenguaje directo, desinhibido. Para ello, Torgny Lindgren echa mano de palabras descarnadas, duras, con las que elaborar un diálogo crudo –sin artificios de ningún tipo-, salpimentado con pizcas de humor macabro, que sea capaz de transmitir una crítica mordaz de la sociedad actual. En todos sus libros podemos atisbar los dos grandes ejes que determinan su obra, el amor y la soledad, con los cuales entreteje un relato cínico y perverso. En muchas ocasiones, sus personajes se ven abocados a un final trágico como consecuencia de sus actos. Torgny Lindgren es un auténtico maestro en mostrarnos el lado oscuro del ser humano, el deseo y el abuso de poder como fuerzas innatas de la condición humana.
Su obra literaria trata distintos géneros –desde el cuento hasta la novela- y es partícipe de la Literatura Nórdica, con la que comparte la imposibilidad de distinguir lo real de lo imaginario. Una de las novelas más significativas dentro de su producción literaria es El camino de la serpiente sobre la roca (1982), que fue traducida a más de veinte idiomas y adaptada cinematográficamente por Bo Widerberg. Otras novelas que le reportaron premios y reconocimientos por parte de crítica y público fueron Betsabé (1984), En elogio de la verdad (1991) y Miel de Abejorro (1995). Esta última fue adaptada a la ópera en el año 2001, con música de Carl Unander-Scharin.
A lo largo de su larga trayectoria como escritor, Torgny Lindgren ha publicado tres libros de cuentos: La hermosura de Merab (1983), Leyendas (1986) y En el agua de Brokiga Blad (1999). No sería hasta el año 2003 cuando recopilase estos tres libros mencionados, junto con dos cuentos inéditos de 1978, en una nueva publicación titulada Los cuentos. Un libro que aquí en España acaba de publicarse con el título Agua y otros cuentos de la mano de la editorial Nórdica. Una editorial donde abundan títulos y autores de la Literatura Nórdica –Lars Gustafsson, Thor Vilhjálmsson, etc.-, y donde Torgny Lindgren tiene un destacado peso específico –nos encontramos en el catálogo de Nórdica tanto Betsabé como En elogio de la verdad, ambos publicados por la editorial en los años 2006 y 2007 respectivamente-.

Torgny LINDGREN: Agua y otros cuentos, Madrid, Nórdica, 2008.

En Agua y otros cuentos se recoge la mayor parte de los relatos escritos por Torgny Lindgren desde el año 1983. Diecinueve cuentos que se ordenan en tres bloques temáticos –mundo rural, mundo mágico y mitológico, mundo de la creación artística-, y en donde la soledad, el amor y la muerte son los parámetros fundamentales de cada uno de los relatos. Buena prueba de ello son los cuentos Agua (1983) –el agua y el amor como perennes manantiales de vida-, Rut y Signar (1986) –el miedo a la soledad y la dependencia en el amor, ingredientes esenciales para un fin trágico-, La patata de cinco dedos (1986) –la falta de correspondencia entre unos actos terribles y sus a priori nefastas consecuencias-, y Alfred Krummes (1999) –desde un punto de vista sarcástico, el autor nos avisa que nadie es ajeno a las vicisitudes políticas y geoestratégicas del entorno-.

Para todos aquellos que estén interesados, os remitimos a la web de la editorial Nórdica:

www.nordicalibros.com/presentacion.html

En la propia web de la Academia Sueca os podéis encontrar una pequeña biografía de Torgny Lindgren traducida al castellano:

www.svenskaakademien.se/web/Torgny_Lindgren_1_1.aspx

26 de diciembre de 2008

Don Quijote de la Mancha, Gustave Doré y el irremediable paso del tiempo.

De la mano de Miguel de Cervantes (1547-1616), y su celebérrimo hidalgo don Quijote de la Mancha –autor y personaje de la Literatura Universal de todos los tiempos-; y de Gustave Doré (1832-1883), uno de sus ilustradores decimonónicos más famosos, nos acercamos al irremediable e irreversible transcurso del tiempo para desearte un feliz año 2009.


Don Quijote de Gustave DORÉ (1863)


“Pensar que en esta vida las cosas della han de durar siempre en un estado, es pensar en lo escusado. Antes parece que ella anda todo en redondo, digo, a la redonda: la primavera sigue al verano, el verano al estío, el estío al otoño, y el otoño al invierno, y el invierno a la primavera, y así torna a andarse el tiempo con esta rueda continua. Sola la vida humana corre a su fin ligera más que el tiempo, sin esperar renovarse...” (Miguel de Cervantes Saavedra: Segunda Parte del Ingenioso Caballero don Quijote de la Mancha, Capítulo LIII, Madrid, 1615).

Con este magistral párrafo de Miguel de Cervantes, en boca del filósofo e historiador musulmán Cide Hamete, -al que hacemos acompañar de la más famosa ilustración de don Quijote realizada por el grabador e ilustrador francés Gustave Doré-, queremos aproximarnos al irremediable paso del tiempo. Un transcurso del tiempo que, a modo de rueda, gira y gira, sin detenerse nunca. Así pasan los días, los meses, los años... Disfruta de cada instante de tu vida y, sobre todo, házsela disfrutar a los demás; porque la rueda seguirá girando aunque tú ya no estés, seguirá fagocitando el tiempo, pero aquellos breves momentos en que fuiste feliz e hiciste feliz perdurarán en la memoria de quienes estuvieron a tu lado. Feliz Año 2009.

22 de diciembre de 2008

Eli Paperboy Reed, la voz actual del soul.

Eli Paperboy Reed, un joven músico norteamericano que actualmente es aclamado unánimemente por crítica y público como la voz más extraordinaria del soul auténtico. Para muchos su música rememora, desde la perspectiva del soul clásico, a grandes figuras del género como Otis Redding, Sam Cooke y James Brown.

Como un certero puñetazo al mentón propinado por un diestro púgil, así es como describiríamos la sensación que nos produce escuchar por primera vez Roll with you. Después de unos momentos de incertidumbre, de desorientación total, de preguntarte quién es y de dónde ha salido, intentas asimilar, como el boxeador que se recupera tras haber sido noqueado, lo que te ha ocurrido. Una descarga de energía y vitalidad ha hecho acto de presencia. Tienes la sensación de haberte transportado al Sur de los Estados Unidos en la década de los años sesenta. Como si, por arte de magia, el tiempo se hubiera detenido en aquel lugar y en aquella época. Es más, como si hubiera llegado a tus manos uno de tantos discos producidos por Stax Records a finales de los años sesenta –archiconocido sello discográfico estadounidense en cuyo catálogo no había lugar a otra cosa que no fuese música soul de cantantes afroamericanos-. El propio Eli Paperboy Reed vivió en Clarksdale (Mississippi), una de las mecas de la música negra –así denominada por muchos-, lo que le sirvió sin lugar a dudas para curtirse en el oficio de músico y soulman por el circuito de bares de la ciudad. Una auténtica prueba de fuego para él. De esta época de su vida le viene el apodo de Paperboy, o chico del periódico –traducido al castellano-, ya que tenía por costumbre actuar con un sombrero de repartidor de periódicos de los años cincuenta en su cabeza.

Roll with you de Eli Paperboy Reed & The True Loves, 2008 (Qdivision Records)


Roll with you es un disco soberbio, donde el soul, el rhythm and blues y el gospel campan por sus anchas. Un álbum realizado por un talento descomunal de voz extraordinaria, que a pesar de parecer el típico chico bueno y formal -con cara de no haber roto nunca un plato-, en directo se convierte en un auténtico animal de escenario. Eli Paperboy Reed se hace acompañar por una banda excepcional, The True Loves, que no desmerece para nada la espectacular voz de Eli.

Eli Paperboy Reed & The True Loves


No nos cabe la menor duda que temas como Stake your claim, The Satisfier, Take my love with you, I’m gonna getcha, y especialmente el tremendo Doin’ The Boom Boom –que le sirve no solo para cerrar el disco con broche de oro, sino también para adjudicarle nuevo apodo, Mr. Boom Boom-, se convertirán, si no lo son ya, en clásicos del soul. Así que podemos decir, sin miedo a equivocarnos, que una estrella ha nacido. Escuchadle y lo comprobaréis...


www.myspace.com/elipaperboyreed